martes, 22 de noviembre de 2011

Imprinting político


I

El término no tiene traducción precisa al español y fue acuñado en 1937 por el etólogo Konrad Lorenz en su artículo "The companion in the bird´s world" publicado en la revista Auk. Este investigador se encargó de incubar huevos de gansos, asegurándose de que la figura que vieran los polluelos en sus primeros momentos de vida fuera su humanidad. Inmediatamente los gansitos le seguían y asumían a Lorenz como su madre. A esta forma de aprendizaje que sólo puede ocurrir en un breve "período sensible" posterior al nacimiento y que además tiene un carácter irreversible se le llamó imprinting.

Sucesivas investigaciones demostraron que el imprinting está presente es otras especies de aves como patos, faisanes y pollos, pero también en insectos y mamíferos. Posteriormente, este comportamiento descubierto por Lorenz fue denominado imprinting "filial", en contraste con el imprinting sexual descrito en años posteriores y el imprinting político que hoy yo, biólogo de profesión, me dispongo a acuñar.

II

La mayoría de los diputados de la Asamblea Nacional son -política y etariamente hablando- señoras y señores jóvenes. Cuando salieron de su cascarón y levantaron sus cabezas consiguieron ante ellos a quienes se convertirían sus referencias, guías de pensamientos y desempeño. Modelos a seguir. Padres políticos, y no precisamente porque fueran el progenitor del cónyuge.

Encontraron a un partido Acción Democrática que fue mayoría aplastante durante los últimos 40 años de la IV República, y a un Copei que les acompañó en el levantamiento de manos cuando era conveniente (para ellos, se entiende). Poco le importaban las opiniones y quejas de los partidos minoritarios que se sucedieron en el Congreso desde 1959 hasta 1993: Partido Comunista, URD, MAS, MEP, MIR, Causa R y Patria Para Todos, entre otros.

Por eso, así como los gansos seguían a Lorenz, los asambleístas del bloque oficialista caminan tras las bases y actitudes que una vez enarbolaron los llamados partidos tradicionales.

Mis estudios de etología política me han llevado a la firme convicción de que no es "mala gana" la burla de estos diputados ante el disenso de algunos grupos de la sociedad civil o el menosprecio hacia los comentarios de la gente del Movimiento Primero Justicia. Sólo se trata de instinto básico. Imprinting político. Aprendizaje que no se puede revertir.

Lo anterior aclara la utilización del método de la aplanadora para imponer sus criterios y abortar cualquier amago de discusión. De allí que entiendan la Constitución de la manera que les resulta más útil. ¿Cuál otro motivo podría tener la bancada oficial con mayoría en el parlamento para hablar de democracia participativa y al mismo tiempo conformar una comisión de 15 diputados (más seis no diputados) para postular -imponer puede ser sinónimo en estos tiempos- al fiscal, contralor, defensor del pueblo y los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia? Sólo el imprinting lo puede explicar.

Gracias a este comportamiento natural, sería comprensible que uno de estos días, ante un hecho significativo que amenace con cambiar la vida del país, algún asambleísta de la mayoría oficialista pida la palabra y clame en el hemiciclo: "muerte a los... enemigos de la revolución".

Alejandro Luy

Publicado en el diario El Nacional, Noviembre 2000
Ilustración: Rogelio Chovet

domingo, 30 de octubre de 2011

Un perro con tres bolas


En estadística lo “normal” es aquel valor que más se repite. En el Diccionario de la Real Academia Española, una de las acepciones es “que se haya en su estado natural”. En otras palabras, y combinando ambas definiciones, normal es aquello que más vemos y no nos sorprende. Normal es que un perro tenga dos bolas.
Igualmente, para describir un país, tendríamos que utilizar aquellas características objetivas que lo representen a él, los habitantes y sus conductas, y así conformar lo “normal”, su “estado natural”. Esto es particularmente útil para que los visitantes o inmigrantes no sufran un “shock cultural”.
El otro día me comentaba un colombiano que un venezolano se había mudado desde Puerto La Cruz a Bogotá y encontraba todo más caro. Y tiene razón: lo normal en Bogotá es que usted pague mucho por los servicios de agua y luz, y que la gasolina sea un lujo, vainas que en Venezuela son – y usted sabe que no exagero – regaladas.
Como tengo varios amigos fuera del país, coterráneos y extranjeros, que están planteando su venida en los próximos meses yo he decidido tratar de escenificar la normalidad en nuestro territorio para que llegado el momento no sientan que están viendo un perro con tres bolas.
Enumero los signos de nuestra normalidad:
1. En este país se vive con inflación. Venezuela tiene una inflación de al menos dos dígitos desde los 80. Sólo en los últimos once años, la más baja ha sido de 14%. Por tanto, que los productos y servicios aumenten mes a mes es lo más natural. Aquí no somos como en la mayoría de los países de América donde la inflación es menor al 5%. Sépalo y no se sorprenda.
2. En este país no es fácil comprar monedas extranjeras. Desde 2003, hace 8 años pues, existe algo llamado CADIVI, quien decide cuándo, cómo y cuánto usted puede comprar de dólares o euros para viajar o gastar. Olvídese de ese país donde uno dice “como el viernes me voy de viaje a Miami, mañana martes voy a pasar por el banco a comprar unos dólares”. Eso es un perro con tres bolas. Lo normal son unas carpetas correctamente foliadas, varias horas en un banco, con al menos 15 días de anticipación al viaje, con un boleto sellado por la agencia de turismo o la aerolínea, para que CADIVI te autorice 300 dólares en efectivo y 300 en el uso de la tarjeta de crédito si vas para Bogotá, ya sea un día o dos semanas.
3. En este país se compra lo que hay. Siento que debo ser muy preciso en la explicación de este punto. En este país decir “voy al supermercado a comprar leche, café, azúcar, arroz y aceite porque los necesito” no es normal; eso no se hace aquí. Lo normal es decir “voy a ver si consigo café o leche o aceite o azúcar o arroz” sin indicar en dónde lo espera conseguir ni mostrar una predilección por alguno de ellos. En Venezuela usted puede necesitar café, pero si lo que consigue es leche que están vendiendo un camión frente a Parque Carabobo, la compra.
4. En este país tenemos emociones en sitios insospechados. Vinculado a lo anterior, cada vez que por suerte nuestra necesidad de un producto coincide con su disponibilidad en el sitio adonde hemos ido a comprar, se suscita una felicidad única, la cuál es comunicada inmediatamente a la familia y a los amigos, y se torna en tema de conversación: ¡conseguí mazeite! ¡conseguí leche! ¡conseguí pañales! ¡conseguí stilnox! Conseguí es sinónimo de felicidad, quizás por ello somos uno de los países más felices del planeta.
5. En este país se bebe mucho alcohol, especialmente whiskey escocés. Usted no debe temer una respuesta negativa o miedo de ofender a algún venezolano si le dice “vamos a echarnos unos traguitos”. Venezuela es el mayor consumidor per capita de whiskey en Latinoamérica y está entre los 5 mayores del mundo. También bebemos bastante cerveza.
6. En este país ir al banco es un asunto que toma tiempo. Yo se que los bancos en el mundo son de los peores servicios que existen, pero la dedicación en Venezuela en términos de hora/hombre tiene un grado superlativo. Aun muchos venezolanos, inconscientes de esta normalidad, dicen “voy un momento al banco”. Se ha demostrado que estos seres tienen un daño cerebral que les impide manejar coherentemente los lapsos de tiempo. Es como la gente que no siente dolor o que no puede oler de la cual uno se entera viendo Discovery Channel o NatGeo.
7. Y por último, en este país la silicona está sembrada en la patria. Un asunto normal es que usted vea mujeres con las tetas operadas cada día. No importa si es una camionetica, en el metro, en la farmacia o caminando en el Sambil. Puede ser en Mérida, Caracas, Maracaibo, Tucupita, Margarita (obvio) o San Fernando de Atabapo. Las siliconas probablemente es la normalidad que más agrade al visitante masculino.

Creo que es preciso aclarar que en este artículo no estamos abogando por esta “normalidad”, pero “esto es lo que hay” (Amigos Invisibles dixit) desde hace años o décadas. Por tanto no hay que sorprenderse.
Ahora, si me preguntan, yo creo que es tiempo de cambiar. Al menos sobre los seis primeros puntos estaría satisfecho si Venezuela pasara a ser un perro con tres bolas.



Alejandro Luy
30 de octubre de 2011

viernes, 21 de octubre de 2011

Sobrevaluados


En el momento que emprendí a escribir este artículo temía por la reacción chauvinista de aquellos que, a cuenta de defender a la patria, son incapaces de ver la realidad que nos describe. Pero luego, y ahora me toca comprobarlo, creo que por el contrario los comentarios a este artículo darán mi razón a mis palabras: brindando servicios, los venezolanos estamos sobrevaluados, en otras palabras tenemos un desempeño mediocre pero creemos que estamos entre lo mejor del mundo.
A partir de innumerables pruebas vividas por mi o por terceros en el territorio venezolano, con empresas públicas y privadas, en hoteles de cinco estrellas o vendedores de empanadas, pasando por maître de un restaurant, en un call center o en el terminal de una línea de autobuses, así como por comparación con otros países es muy poco esperanzador obtener una respuesta satisfactoria, amable, adecuada en tiempo y alcance, de cualquier venezolano del cual requiramos una asistencia, no por dádiva, sino porque es la retribución al ser ciudadanos o clientes.
En el hotel 5 estrellas ubicado en el sector de El Rosal en Caracas, que pertenece a una cadena presente en más de 73 países, usted no deja los paquetes para un huésped en el mostrador de la recepción, sino que debe salir a la calle y tomar un acceso hacia los sótanos del hotel, donde un guardia recibirá la encomienda. En otro hotel tan estrellado como el anterior, un amigo colombiano pidió una café con leche y la camarera le respondió “será café negro porque leche no hay”.
La chica que atiende la taquilla de pago del servicio eléctrico en el centro de Caracas, podría responder los buenos días (nadie le pide que tome la iniciativa para ofrecerlos), pero por el contrario se limita a ver la cuenta, decir cuanto debes pagar, y – sin verte la cara – te ordena que tú mismo tomes el recibo que acaba de imprimirse.
La línea de autobuses que cuenta con sus terminales privados en varios estados de Venezuela, argumenta que la factura no puede salir a nombre de una empresa, a cuenta de un seguro de los pasajeros. No vale la pena decir que otra línea si lo hace y que nada tiene que ver una cosa con la otra. No hay factura a una persona jurídica. La empresa de la competencia – equiparándose a todas las líneas aéreas de Venezuela – nunca sale a tiempo, ni siquiera luego de haber hecho ajustes a sus horarios y rutas. Así, un recorrido de dos horas se convierte en otro de tres horas y media. No hay a quien reclamar.
Un caso que expresa comparativamente nuestro problema lo vivió una amiga venezolana quien por un asunto de su tarjeta de crédito debió llamar a las oficinas de los Estados Unidos, Colombia y Venezuela. La misma franquicia. ¿Dónde la trataron mal, le contestaron grosero y le tiraron el teléfono? Adivinó: en Venezuela.
Este año, durante un vuelo internacional, un funcionario ecuatoriano me comentaba con pena “que malo es el servicio en Venezuela”, y solo había estado dos días en un hotel donde los 500 dólares de tarifa no incluía el desayuno y el check out se demoraba 40 minutos.
Día a día, en la panadería, en el Metro, en los bancos (¡ay los bancos!), en la clínica privada o el hospital público, en el ministerio, en el seguro del carro, en la tienda de ropa, el supermercado, mayoritariamente conseguimos gente que se siente demasiado importante como para atendernos bien, independiente de su procedencia, género, raza, religión. Gente que les es fácil decir “si no te gustas te vas”.
Y si ustedes creen que es demasiada especulación y exageración de mi parte, cierro con esta historia. Un amigo que ocupa una importante dirección en un ministerio, que durante toda su vida profesional ha vivido las vicisitudes de esa dependencia, un día reunió a los técnicos para hablarles de lo que se decía en la calle acerca de ellos y su forma de trabajar. ¿Cuál fue la reacción? ¿Sorpresa? ¿Pena? No, indignación porque aquel recién llegado les espetaba esas “ofensas” ¡Qué bolas marico!, seguramente dijo más de uno.
Seamos sinceros: nosotros, los venezolanos, nos creemos la tapa del frasco y por tanto el servir a los demás es un acto de caridad que por supuesto el receptor debe agradecer aunque le cueste al precio de una habitación de un hotel cinco estrellas o el pasaje de la camionetica.
Así son las cosas aquí. Y si no te gusta, te vas.

Alejandro Luy
Octubre 2011

Ilustración: Rogelio Chovet

sábado, 8 de octubre de 2011

Limosna


Quien viaja en las camioneticas de Caracas cada día se encuentra a vendedores que ofrecen lápices, libretas, chocolates y otros dulces casi invariablemente a nombre de una asociación que se esfuerza por ayudar a jóvenes drogadictos. Una que otra vez, los vendedores se atreven a confesar motivos absolutamente personales.

Pero también se ha puesto de moda que el medio de transporte público se convierta en espacio para lanzar demandas ante problemas de salud, y de esa manera acopiar dinero para una medicina, un equipo quirúrgico o para la propia operación. Hasta hace poco había sido testigo del discurso de hombres y mujeres con tensión alta, deficiencias visuales, madres de niñas con labios leporinos, y hasta un hombre que sin desparpajo hizo una doble solicitud: por su rótula y una hernia inguinal, que tuvo a bien mostrarnos.

Aun cuando me harta tanta pedidera, entiendo la lógica que subyace: los autores ven en esa estrategia la manera más rápida de solventar sus tristes situaciones.

Pero hace unos pocos días una mujer de unos 40 años, rompió la monotonía de la limosna de la camionetita, cuando bien vestida y maquillada, con una belleza propia de su edad interrumpió - para empezar su discurso - con un "buenas tardes señores pasajeros".

"Quisiera pedirles su atención por un momento", dijo mientras trataba de cubrir a todos con su mirada. "Yo soy una madre divorciada y con tres hijos, que cuenta con un pequeño negocio que permite pagar la deuda del apartamento, el colegio de los muchachos, su alimentación y una o dos salidas al centro comercial al mes. Lo que ganó no me permite otros gastos, mucho menos ahorrar".

"Y se preguntarán", continuó, "¿en que podemos ayudar a esta mujer?. Pues sucede que estoy teniendo un grave problema de autoestima que esta afectando notablemente mi desempeño profesional y mi capacidad de conocer gente y -por supuesto- tener un amante"

"A cada uno de mis hijos los amamanté diligentemente por más de seis meses. En cada oportunidad mis senos brindaron toda la leche necesaria y adquirieron notables volúmenes. Pero una vez finalizado el ciclo, ellos dejaron de ser los senos que tan orgullosa lucía antes de mi primer embarazo. Cada día cuando me los encuentro en el espejo me sorprendo de lo feo que están, y por ello siento miedo en mostrarme desnuda ante un hombre. Desde hace ya dos años -cuando se inició mi divorcio- no he vuelto a tener sexo".

"Por eso quisiera solicitarle su colaboración para pagar la operación que me lleve a colocarme unas buenas tetas de 300 c.c. de siliconas, que me hagan lucir más joven, más bella, más apetecible para los hombres y me permitan reinventar las noches de placer".

Todo eso lo dijo con voz firme y un demostrado optimismo, antes de dar una estocada sorprendente a quienes la mirábamos atentos: "¡esto es lo que quiero cambiar!" y acto seguido abrió su camisa e hizo aparecer unos senos planchaos, caídos y desproporcionados; unas tetas horrorosas.

Hombres y mujeres sacaron sus carteras. Yo puse 20 mil bolos.

Publicado en El Mundo. el 23 de septiembre de 2004

Ilustración Rogelio Chovet

domingo, 18 de septiembre de 2011

Demasiadas hélices


Si usted tiene más de un mes viviendo en la zona metropolitana de Caracas o en sus ciudades dormitorios, ubicadas entre Maracay y Caucagua, La Guaira y Ocumare del Tuy, ya sabe a la perfección la dinámica del tráfico, hora por hora y día por día. Que el lunes es el peor para entrar a la capital a partir de las 5:30 de la madrugada y que el viernes es un desastre llegar a casa, lo saben quienes viajan en carros particulares, autobuses o camioneticas.

Para usted no es ninguna sorpresa que entre las cuatro de la tarde y las ocho de la noche el distribuidor Altamira es un estacionamiento. Tampoco se extraña que su recorrido de 24 kilómetros entre Los Teques y el puente de Coche le tome -al menos- una hora.

Usted está en perfecto conocimiento de que tardará dos horas más en trasladarse desde Baruta a la Plaza Venezuela si se le ocurre salir después de las 6:30 de la mañana. No es un misterio para quienes viven en Guarenas, Guatire, la Urbina, Lomas del Ávila y sitios cercanos que en la Cota mil la cola en la mañana es en el sentido este-oeste y en la tarde oeste-este.

Conseguir una tranca en las avenidas Francisco de Miranda, Sucre, San Martín, Urdaneta, Baralt o la principal de las Mercedes, gracias a los semáforos, los autobuseros y camioneteros, no causa asombro a ninguna hora del día.

Un buen habitante de Caracas incluso conoce a la perfección los caminos verdes para desplazarse lo más rápido posible desde el suroeste hasta el norte de la ciudad, desde Caricuao a la Castellana y desde Catia a Los Rosales.

A pesar de este diagnóstico, que seguro compartirá conmigo, no una, sino a dos cadenas de radio en la capital, les ha dado por tener servicios de información de tránsito para los caraqueños usando sendos helicópteros. Reviven aquellas épocas cuando una avioneta "la Tango Tango Fox" salía de La Carlota para comunicar a Radio Caracas Radio la situación del tráfico.

Y yo no le encuentro razón. ¿Para que nos dan un servicio que no necesitamos? ¿Cuál es la ganancia para los conductores? ¿Por qué los que sostienen a los helicópteros en el aire "incluyendo a los anunciantes" creen que el sonido de fondo de las hélices, el bendito tucutucutucu, y la voz de un locutor hablando de las marchas lentas o los fuertes retrasos, puede proporcionar una mejor calidad de vida a quienes estamos encerrados en nuestros carros? Desde las benditas máquinas, los datos sobre el tráfico de Caracas se asemejan a los que proporciona un contador: es la información más precisa que no sirve absolutamente para nada. Estoy convencido de que si estas radioemisoras graban el programa del martes, este puede ser repetido el miércoles o el jueves y nadie notará la diferencia.

Así que yo me pregunto, para qué dos helicópteros sobrevuelan la ciudad. Acaso para qué en stereo nos digan la misma vaina. Es más, seamos razonables: cuál es la necesidad de que un solo helicóptero viaje por nuestros cielos con el único fin de traducirnos la tranca que día a día vivimos.

Alejandro Luy

Notas:

1. Artículo Publicado en El Mundo, febrero de 2004

2. Traffic Center está cumpliendo 11 años en el aire.

3. En la actualidad, Traffic Center, La Máquina y VTV (en el helicoptero del DIBISE) dan servicios de tránsito. Es decir empeora el tráfico y más medios nos lo recuerdan..

Ilustración Rogelio Chovet

martes, 6 de septiembre de 2011

¿Censo en el salón de fiestas? ¡Olvídenlo!


Muy temprano en la mañana entré en estado de alerta cuando esto leí en la prensa del domingo 4 de septiembre:
“El miedo a la inseguridad no está en las preguntas del censo 2011. Sin embargo, Janeth Maldonado, miembro de la junta de condominio del edificio San Francisco, en Caurimare, conoce la respuesta de sus vecinos ante el auge delictivo en la ciudad.
“Tememos a la delincuencia; ya se nos hace difícil abrir las puertas. Por eso sentimos alivio al escuchar a Elías Eljuri, presidente del Instituto Nacional de Estadística, quien asegura que no es obligatoria la entrada de los empadronadores al hogar.
Decidimos utilizar el salón de fiesta para llevar a cabo la consulta”, explicó.”

Yo de verdad espero que los miembros de la Junta de Condominio del edificio donde vivo, así como varios furibundos vecinos, no hayan leído la noticia o que lo de haberlo hecho haya sido sin café en las venas. Porque en mi edificio vive gente de varias nacionalidades que tienen los defectos propios de la gente de todas las nacionalidades, es decir las de todos los seres humanos, a saber: 1. les encanta copiar cualquier idea sin saber pa´ qué sirve, 2. creen que su idea, que es una idea copiada, es tan buena que asumen que a todos les debe gustar, 3. a cuenta de presidir algo – en este caso la Junta de Condominio – inmediatamente deciden por todos, y, posiblemente el más importante para esta circunstancia, 4. no saben guardar un secreto.
Pero como sé que mi deseo no se cumplió y que a estas horas la Junta de Condominio debe estar redactando el papel que va a pegar en la cartelera anunciando los horarios en los que los empadronadores estarán sentados en el salón de fiesta esperando a los vecinos, me he puesto alerta para evitar este “retrato de grupo”.
Porque, una vaina es que un joven, contratado por el INE te pregunte el nivel y las fuentes de tus ingresos, para convertirlos en una estadística y otra muy diferente es que la vecina del piso 10 - que vive dándole correazos y peleando con su hijo de 9 años – use la información como tema de conversación con sus amigas del edificio y la conserje.
Que el gobierno sepa que voy a clínicas, tengo seguro privado, contamos con lavadora y calentador del agua, es menos peligroso que sea conocido por la mujer del 7-B, que se la pasa en el pasillo de entrada hablando con el desempleado de 6-C, y con la gorda del 9-D.
Me puedo imaginar a las amargadas madre e hija que viven en el primer piso, riéndose en el ascensor después de que yo me declare “blanco”, o el gordito del 4-A tratando de entender porque yo dije al empadronador que “aquí viven dos familias, una está conformada por mis hijas y mi hijo que tienen a esta casa como hotel”.
Así, empadronarse en el salón de fiestas es un ejercicio muy peligroso ya que tu información la compartirás con un desconocido – el empadronador – y muchos “conocidos” que diariamente te ven salir y entrar de tu casa.
Si ya sabemos que los empadronadores tienen su gorrita, su chaleco con la identificación bien expuesta, y que no tenemos porque dejarles entrar a la casa, para qué carajo tenemos que hacer una merienda en el salón de fiestas para responder la encuesta del censo. ¿Qué necesidad tenemos de copiarnos de la gente de Caurimare?
Así que, por encontrarlo menos peligroso, prefiero ser solo una estadística para el gobierno que una fuente de información para mis querid@s vecin@s. Para el salón de fiestas no voy ni que pongan ron, vino tinto, empanada gallega y tequeños.

Alejandro Luy
Septiembre 5, 2011

Foto: La cartelera del edificio donde vivo.

lunes, 29 de agosto de 2011

Allí viene el censo


Como usted debe saber – o debería – el 1 de septiembre empieza en Venezuela el Censo de 2011, que tiene varias diferencias con las anteriores jornadas. En primer lugar, durará 3 meses. Hasta hace 11 años el censo se hacía en un día, durante la jornada de domingo de “toque de queda”.
Pero hay otras notables diferencias que tienen que ver con nuestros tiempos; los tiempos de Venezuela. Por ejemplo, ya los empadronadores no cargarán un paquete de encuestas impresas, sino que contarán con un dispositivo electrónico, casi un smart phone, que hará que los datos se almacenen y transmitan más rápidamente. Debido a la inseguridad, que todos sabemos que no existe pero que la mayoría de la población percibe, ya la campaña no habla de “ábrele las puertas al censo”, como rezaba en 1990, sino que informa que los encuestadores estarán perfectamente identificados, que habrá un número de teléfono para verificar sus datos y que – aunque suene insensible – usted no tiene que abrir la puerta ni para darle agua.
Finalmente, la mayor de las diferencias, es que ahora el censo constituye un motivo de desconfianza en este país. Lo que siempre había sido advertido como un trabajo técnico, hoy es medido con la sospecha de ser un hijo de la Lista Tascón, inefable instrumento que ha servido para la segregación “discreta” y la exclusión en un país donde el gobierno se jacta de inclusivo. Como dice el dicho “el que le pica macagua, le coge miedo al bejuco”.
Afortunadamente, el señor Elias Eljuri, Presidente del Instituto Nacional de Estadística, y su equipo han entendido esa triste realidad de nuestra reciente historia y se ha esforzado por despolitizar y neutralizar un proceso que debería ser trivial en un país civilizado. Por eso no me sorprendió, o lo hizo gratamente, que Eljuri y el Coordinador del Censo, Luis Gerónimo Reyes, fueron el lunes 29 a un programa en Globovisión, canal al cual ningún funcionario público del PSUV puede dar una declaración y mucho menos invitar a alguna rueda de prensa, para hablar del proceso.
Ahora, antes de esta comparecencia del INE a Globovisión, ya yo había decidido recibir al censo y responder a sus preguntas. Total, hay que ser bien pendejo para pensar que el Gobierno no sabe exactamente todo acerca de ti. Cruzando la información de la declaración de impuesto, RIF, CADIVI, registros públicos, Seguro Social, movimiento migratorio, y la de sus deudas y cuentas, y – por supuesto – la Lista Tascón, lo único que quizás no sabe el gobierno es su tipo de sangre. El mío es O Rh+.
Pero en la entrevista del INE en Globovisión dijeron una cosa que para mí es clave: nadie va preso por no responder al censo, por tanto la obligación es moral. Además el organismo ha informado que obtener la respuesta al 80% de las preguntas es suficiente para el fin último del censo, como es la elaboración de programas y políticas públicas.
Con lo anterior, procedí a revisar la encuesta y al menos una de las ocho decenas de preguntas no voy a contestar: la pregunta siete de la sección V, que indaga si el encuestado es negro, afro descendiente, moreno, blanco y otra. Debo aclarar que no se trata de que me disguste la pregunta o que la considero inútil en un país que hasta ahora he percibido mestizo y mayoritariamente no racista. Lo que sucede es que la encuentro muy difícil, y ya le explico por qué.
Mis antepasados Luy fueron dos canarios, que llegaron y se enamoraron de dos hermanas, las Urbano, que – según palabras de mi papá - “eran dos negritas” dueñas de los terrenos donde ahora está el aeropuerto. Mis tatara abuelos eran Manuel Luy e Isidora Urbano, un blanco y una negra, y uno de sus hijos fue el abuelo de mi papá, Simón, a quien siempre mi mamá y sus amigos lo han llamado “el negro”. Mi abuela por parte de padre era de origen español, mientras que mi abuela y mi abuelo por parte de madre eran blancos zulianos. Podría pensar que yo debería ser blanco, pero viendo a mi amiga Mary, eso es imposible. Blanca ella, Carolina, Daniela, Tina, entre otras. Entonces soy moreno, pero cuando me comparo creo que esa es una denominación para mi amigo Carlos. Mis amigas Cristina y Liz, lucen “afro descendientes” pero no “negras”, aunque yo siempre las llamé con cariño “negritas”. Total que la cosa no me cuadra y me genera esta indefinición.
También está la opción de “otra”, pero ¿cuál? Evidentemente aquí le faltó a los técnicos del INE una gama más amplia de opciones; algo así como una paleta equivalente a la que usamos para el café los venezolanos: tetero, café con leche claro, café con leche, café con leche oscuro, marrón claro, marrón, marrón oscuro, guayoyo y negro, a saber.
En conclusión, desde ya advierto a mi encuestador que no se lo tome a mal cuando, llegada la pregunta siete de la sección V, mi respuesta sea: paso.


Alejandro Luy
29 de agosto de 2011

Ilustración:Rogelio Chovet